Autor/ editor: Luis Saez
Hablar de la poética de una autora a partir de dos de sus obras puede considerarse, en principio, un gesto riesgoso. Dos piezas no alcanzan para estudiar profundamente una trayectoria —sobre todo tratándose de la trayectoria de Mariela, sensiblemente más extensa— ni para establecer un sistema definitivo de recurrencias. Sí permiten, en cambio, reconocer ciertas insistencias y algunos procedimientos que reaparecen bajo formas diferentes, con el valor añadido de que se trata de sus dos últimas creaciones estrenadas. Ese dato vuelve sumamente productiva la comparación, ya que permite observar continuidades y desplazamientos dentro de un tramo muy próximo de su recorrido creador.
Lo intentaremos con Mariela Asensio a partir de El cuerpo anímico y La generación cansada. Se trata de dos obras muy distintas entre sí pero, paradójicamente, mucho más similares de lo que aparentan en una primera instancia de análisis. La primera es más íntima y se concentra en el vínculo entre una madre enferma en fase terminal y su hija única, sostenido por una ficción reconocible; la segunda, en cambio, es expansiva, coral y fragmentaria, organizada como un flujo escénico en el que los intérpretes ingresan y salen de diferentes identidades y posiciones de enunciación. Mientras El cuerpo anímico conserva una estructura dramática relativamente cercana a una organización secuencial, La generación cansada se aparta deliberadamente de ella. Sin embargo, esa distancia permite advertir continuidades particularmente significativas. En ambos casos aparece el cuerpo, pero nunca como presencia neutra: es el organismo que enferma, envejece, desea, se agota, resiste o se vuelve límite frente a un mundo que parece exigirle permanentemente algo más.
Dos formas para una misma inquietud
El cuerpo anímico cuenta una historia de amor y empatía atravesada por la enfermedad terminal de la madre, interpelando de manera directa el modo en que lo biológico convive con una sociedad que hace del crecimiento ilimitado casi una religión. Alrededor de ellas, la burocracia de los tratamientos contrasta con la urgencia de sostener la vida cotidiana. La generación cansada, en cambio, rompe esa concentración argumental para proponer una "situación madre": una comunidad atravesada por la hiperconexión, la inestabilidad vincular y el cansancio, definida por la propia autora como un gran scrolleo en vivo.
Lejos de una progresión causal, la obra opera mediante un encadenamiento asociativo donde los actores mutan permanentemente de la ficción al relato, de la actancia colectiva al comentario. Esto evita la tentación crítica de interpretar la segunda obra como una simple versión más "moderna" de la primera: Asensio ha encontrado dos formas profundamente diferentes para interrogar una zona problemática semejante. En una, la enfermedad convierte al cuerpo en límite; en la otra, el cansancio vuelve a toda una generación territorio de desgaste.
El cuerpo como límite del mundo
Una de las persistencias más evidentes radica en la concepción del cuerpo como el sitio donde las abstracciones sociales se concretan. Los ideales culturales de rendimiento y autosuperación operan como ficciones abstractas hasta que el organismo envejece, necesita reposo o simplemente se agota, interrumpiendo la fantasía de lo ilimitado.
El cuerpo anímico trabaja esta contradicción de manera directa mediante una enfermedad que desobedece los calendarios laborales y la administración racional del tiempo. La generación cansada expande el interrogante hacia el sistema mismo, señalando cómo una productividad sin restricciones se ha vuelto productora de malestar. Las referencias explícitas a Byung-Chul Han, Paula Sibilia y Mark Fisher orientan esa lectura hacia la autoexplotación y la pérdida de comunidad; no obstante, la genuina potencia teatral radica en una pregunta que ya latía en los trabajos previos de la autora: ¿qué ocurre cuando el cuerpo deja de poder cumplir con aquello que el mundo espera de él?
El cansancio sin límite
En La generación cansada, el agotamiento excede con creces la dimensión física o laboral para volverse una condición general de existencia que contamina los vínculos, el deseo, la atención y el lenguaje. La paradoja resulta evidente: cuerpos finitos e inmersos en la fragilidad deben sostener el ritmo de un sistema que ha perdido toda noción de límite. El cansancio deja de funcionar como señal de detención para convertirse en un imperativo de continuidad.
Si El cuerpo anímico reconocía la finitud a través del quiebre biológico, su contraparte coral expone el reverso de esa maquinaria: el agotamiento de quienes ya no saben —o ya no pueden— detenerse en una cultura horrorizada por el silencio. De allí emerge una poética de la insuficiencia, donde ni los sujetos, ni los vínculos, ni las respuestas institucionales o tecnológicas alcanzan para resolver la falta de sentido.
Una lengua atravesada por el presente
La escritura de Asensio construye una lengua difícil de clasificar, situada en las antípodas tanto del lirismo tradicional como del naturalismo vulgar. Su rasgo distintivo es la contaminación permanente entre registros: una expresión soez desemboca en una reflexión dolorosa, una frase humorística abre una zona de desamparo y la enumeración cotidiana adquiere dimensión política. La poesía no irrumpe como una elevación decorativa del lenguaje, sino como una torsión interna del habla ordinaria y de su impureza constitutiva.
Esta discontinuidad estilística funciona como un reflejo exacto de nuestra experiencia contemporánea, habitada por la convivencia simultánea entre la tragedia global y la banalidad publicitaria. En los monólogos, esta arquitectura verbal encuentra su maquinaria de expansión más eficaz: partiendo de anécdotas mínimas o experiencias privadas, el texto articula una partitura rítmica de respiraciones y quiebres donde la voz individual se revela atravesada por fuerzas colectivas, transformando la confesión íntima en un manifiesto político involuntario.
La IA como espejo del vacío
La
incorporación de una inteligencia artificial en La generación cansada
introduce una de las intuiciones más perturbadoras de la obra. Lejos de
funcionar como un mero recurso tecnológico o un salvavidas, la máquina se
instala como el síntoma de una época saturada de discursos pero carente de
respuestas. La IA responde con velocidad e infinito repertorio, pero lo hace
utilizando el mismo lenguaje que los humanos han producido, repetido y vaciado
de contenido.
La máquina no está cansada, pero habla con un lenguaje exhausto. Al heredar los slogans del bienestar, el éxito y el amor, su productividad verbal participa del mismo vacío, devolviendo amplificada una condición que ya habitaba en los sujetos: un discurso automatizado que deja intacta la intemperie. La crisis contemporánea no se reduce a la falta de información, sino a la proliferación de respuestas estériles que ya no logran producir sentido.
El actor antes que el personaje y la porosidad de
la escena
El
trabajo de Asensio parte de la energía real de los intérpretes, subordinando la
estabilidad del personaje a la presencia viva del actor. En La generación
cansada, esta movilidad estructural se radicaliza: los actores entran y
salen de la ficción para transformarse en narradores, comentaristas o
presencias performáticas que interpelan directamente al público.
Esta
porosidad de la cuarta pared no es exclusiva de la obra coral; ya operaba en El
cuerpo anímico, donde la hija abandonaba transitoriamente la situación
dramática para convertir a la platea en depositaria de su memoria. En ambos
casos, la comunicación frontal revela una convicción profunda de la poética: la
palabra teatral necesita de un destinatario concreto, de un cuerpo frente a
otro cuerpo que comparta un mismo tiempo y espacio. Cuanto más habla su teatro
de la dificultad contemporánea para construir vínculos, más exige el encuentro
presencial con el espectador para existir.
La
diferencia de escala entre ambas piezas —la concentración de dos mujeres frente
a la coralidad de nueve intérpretes— desplaza la mirada del cuerpo íntimo hacia
el cuerpo social. En La generación cansada, la acumulación de estímulos
se convierte tanto en tema como en procedimiento formal, abriendo una tensión
crítica sumamente lúcida: ¿hasta qué punto una maquinaria escénica que no se
detiene representa la saturación o corre el riesgo de reproducirla?
Ese
vértigo encuentra su contrapeso indispensable en el humor. Al desconfiar
sistemáticamente de la solemnidad, la risa desarma la distancia cómoda entre el
espectador y los personajes alienados, recordándonos que todos habitamos el
mismo sistema de estímulos. La dimensión política de esta poética no emana de
consignas abstractas, sino de esa fricción encarnada donde el cuerpo —ya sea a
través de la enfermedad o del agotamiento— pone en crisis los mandatos de
rendimiento del sistema.
Vistas en
conjunto, las obras de Mariela Asensio configuran una zona de conflicto
persistente: la colisión entre la fantasía cultural de lo ilimitado y la cruda
materialidad de la vulnerabilidad. Y mientras las respuestas escasean en un
mundo plagado de discursos, sus criaturas continúan hablando, probando y
buscando en la palabra una forma provisoria de seguir existiendo...
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