entre Godot y La Nona
Por
Luis Saez
Hay un principio de economía escénica sobre el que Djævel (El mito), de Miguel Ángel Diani, organiza buena parte de su potencial dramático: aquello que concentra la totalidad de la acción es, precisamente, aquello que la representación sustrae a la mirada.
En el
centro del escenario hay una caja. Dentro de ella, según Vera y Benicio, se
encuentra su madre, Djævel, una criatura capaz de alterar ilimitadamente sus
formas, entre otros prodigiosos horrores. La puesta de Mariano Cossa, ceñida a
la arquitectura narrativa y para-espectacular propuesta por el texto, preserva
esa paradoja inicial: cuanto mayor es la centralidad del personaje, menor es su
visibilidad.
No se trata solamente de suspenso. Djævel convierte la ausencia en un dispositivo de producción de sentido. El personaje titular existe ante todo como construcción discursiva: es narrado, recordado, temido, tasado, negociado, golpeado, compadecido y publicitado. La obra instala así desde el comienzo una cuestión que atravesará toda su estructura: la monstruosidad no como propiedad estable de un cuerpo, sino como resultado de una mirada, de un relato y de una representación.
La caja: administrar lo
invisible
Vera y
Benicio ingresan arrastrando una gran caja, apenas iluminada por un viejo
farol. No transportan solamente a alguien: arrastran aquello que no han podido
dejar atrás. “Uno lleva a cuestas su vida. Su muerte. Sus miserias”, dice
Benicio. La caja es carga, pero también herencia.
En
términos escénicos constituye el gran hallazgo organizador de la pieza. Su
materialidad permanece prácticamente inalterable, pero su estatuto muta de
manera permanente: jaula, prisión, mercancía, ataúd, cámara oscura, cuerpo
sustitutivo, caja de Pandora y finalmente trampa. Esa movilidad semántica
contrasta con la inmovilidad física del objeto.
Todo
ocurre alrededor de ella. Se la golpea, escucha, acaricia y amenaza. Los
personajes se aproximan y rehúyen de ella. Truman introduce objetos para
comprobar la existencia de quien supuestamente la habita. La acción construye
así una presencia cuya principal cualidad consiste en permanecer diferida.
Incluso
Vera y Benicio parecen inicialmente dudar de aquello que transportan. La
incertidumbre, por lo tanto, no pertenece solamente al espectador. Los hermanos
recuerdan, inventan, corrigen, exageran y completan mutuamente sus relatos.
Poco a poco, la pregunta deja de ser si Djævel existe exactamente en los
términos que ellos aseguran para dejar lugar a otra, mucho más fértil: qué
efectos produce creer que existe.
Pero Djævel
no organiza solamente una economía de la mirada. Organiza también una economía
de la representación.
Prácticamente
nadie habla desde un lugar enteramente transparente. Todos actúan ante y para
otro. Vera y Benicio actúan para Truman, Truman actúa para Vera y Benicio; y
Truman, además, actúa para nosotros cada vez que recupera su voz de
presentador. Porque Truman es presentador.
Y además,
productor, de fenómenos freaky.
Y ha
llegado a este punto de la nada con la intención de incorporar a Djævel a su
troupe de horrrores rentables.
Los
hermanos, mientras tanto, cuentan la historia de su madre, pero la administran:
la vuelven más extraña cuando conviene,
más peligrosa cuando resulta necesario y más rentable cuando el interés del comprador
parece declinar. No necesariamente mienten. Su estrategia es más sofisticada: mienten
con la verdad.
Cuando
Truman pide algo sorprendente, aparece una nueva capacidad monstruosa. Cuando
surge un problema documental, la identidad de Djævel se vuelve múltiple. Cuando
el comprador vacila, sobreviene una amenaza. Y cuando el precio parece tambalear,
surge una nueva posibilidad de explotación que optimiza la oferta.
El relato
familiar se convierte de ese modo en performance comercial. Vera y Benicio
funcionan menos como simples vendedores que como dramaturgos internos:
construyen para Truman la representación que consideran acorde con la operación
que quieren concretar.
La
contradicción entre afirmar que aman a su madre, sostener que “no todo tiene
precio” y discutir inmediatamente cifras, comodatos y condiciones de entrega no
tiene por qué ser interpretada como incoherencia psicológica. Es actuación.
Cada personaje adopta el papel que mejor conviene al momento. Los hermanos
interpretan a los hijos sufridos, los guardianes responsables, los vendedores
renuentes e incluso a quienes estarían dispuestos a abandonar la operación.
Toda esa representación incrementa el valor de la mercancía.
Sería un
error reservar esta actuación interna únicamente para Vera y Benicio. Truman,
productor y representante de fenómenos freak, domina profesionalmente el
procedimiento.
Toda su
identidad está vinculada al espectáculo. Entra declamando y presentando
criaturas inexistentes ante un público que, en realidad, somos nosotros. Se
arroga la capacidad de transformar fenómenos en artistas: “Una mujer barbuda es
solo una mujer con barba. Se transforman en artistas cuando pasan por mis
manos”.
Pero esa
identidad también funciona como máscara. Durante buena parte de la obra
interpreta al empresario racional, astuto y difícil de embaucar. Habla de
contratos, exclusividad, riesgos y mercado. Sin embargo, Truman no llegó allí
solamente para hacer negocios. Lleva años buscando a Djævel.
La
secuencia final resignifica retrospectivamente todo lo anterior. La compraventa
era real; el dinero y el contrato también. Pero constituían, al mismo tiempo,
elementos de una puesta en escena. Truman necesitaba presentarse como comprador
porque esa era la forma racional, jurídica y socialmente aceptable de acceder a
aquello que verdaderamente deseaba.
La
economía funciona como máscara del deseo.
Comprar a
Djævel significa transformar en propiedad aquello que durante años perteneció
al territorio de la leyenda. Por eso el dinero comienza progresivamente a
perder relevancia dramática. El verdadero objetivo de Truman ya no es cerrar
una operación comercial, sino acceder a la caja y, especialmente, a su
interior.
En este
sentido, la compra constituye una especie de rito de transición.
La
actuación dentro de la actuación se vincula directamente con la producción de
monstruosidad.
Djævel no
es monstruosa solamente porque posea —o se nos informe que posee— un cuerpo
mutable. Lo es porque todos los personajes trabajan activamente en su
construcción como monstruo. Vera y Benicio la narran; Truman la publicita; el
circo futuro la exhibirá y el público pagará por verla.
La
historia de la niña mutilada por Truman lleva esta lógica a su formulación más
brutal. Cuando la conoció, la muchacha tenía el rostro completo. El hacha
produce físicamente aquello que el espectáculo necesita y Truman transforma
después esa violencia en relato sentimental.
Primero
se fabrica la diferencia. Después se fabrica su relato. Finalmente se subasta
la mirada.
El
grotesco participa de la misma lógica. Buena parte del humor negro de Djævel
nace de personajes que interpretan con absoluta seriedad situaciones moralmente
aberrantes. Una madre puede tasarse. El derecho a golpearla aumenta el precio.
Un contrato puede prever su explotación y hasta la posibilidad de matar
familiares puede discutirse como una cláusula contractual.
Nadie se
presenta como criminal: todos interpretan papeles socialmente reconocibles
—hijos, empresario, comprador, vendedor, representante— y esa normalidad
aparente vuelve todavía más perturbadora la monstruosidad.
La frase burocrática suele resultar más siniestra que la amenaza explícita.
El pequeño teatro de la
caja
La caja
puede pensarse también como un escenario dentro del escenario. Tiene límites,
un interior invisible, promete una aparición, concentra miradas y exige
creencia. Vera y Benicio regulan el acceso a ella como directores que
administran el momento de la revelación.
Truman
mira por un agujero y no ve nada. Introduce luego un objeto. Algo parece
responder desde el interior. La prueba jamás es concluyente, pero ofrece
evidencia suficiente para mantener viva la ficción.
El
mecanismo se aproxima al del propio teatro: no necesita demostrar una realidad
completa. Le alcanza con producir signos capaces de volverla creíble.
Y
entonces llega el momento decisivo.
Después
de pagar, Truman se aproxima a la caja. Ya no necesita convencer a nadie. La
máscara empresarial comienza a caer. Habla directamente con la criatura,
confiesa que lleva años buscándola y la emoción desplaza al cálculo.
Mientras
Truman interpreta al empresario, controla la situación. Cuando deja de actuar y
comienza a desear abiertamente, pierde ese control.
Abre
finalmente la caja.
No hay
nadie.
Sin
embargo insiste: la escuchó, la vio, habló con ella.
“Entonces
está”, responde Vera.
La frase destruye definitivamente la lógica de la comprobación material. Truman ya no puede sostener el personaje del empresario escéptico: acaba de declarar su creencia.
El falso comprador
A partir
de allí se produce una transferencia radical del control escénico. Truman había
sido hasta entonces quien sabía presentar: quién debía entrar, quién salir,
quién era monstruo, artista o público. Ahora Vera y Benicio le arrebatan esa
función.
“¡Pasen y
vean!”, declama Benicio.
La frase
que durante toda la obra producía espectadores produce ahora una víctima.
Quien
dirigía es dirigido. Quien presentaba es presentado. Quien controlaba el marco
termina encerrado dentro de él.
El dinero
funciona como contraseña, autorización ritual, entrada a otro mundo. Truman
cree pagar para poseer; en realidad paga para ser poseído y fagocitado. El
contrato deja de ser instrumento de propiedad y se convierte en mecanismo de
captura.
Truman ha
sostenido así durante buena parte de la pieza el rol de falso comprador:
el lenguaje comercial encubre el deseo febril que lo conduce inexorablemente
hacia aquello que secretamente buscaba. Y que el espectador recién conocerá en
la instancia final, gracias a un preciso dispositivo estructural, uno de los
grandes méritos del texto de Diani, queencuentra en la puesta de Mariano Cossa
su correlato ideal.
Esta
estructura compromete además nuestra propia posición.
Truman
quiere ver aquello que nosotros queremos ver. Espera que se abra la caja;
nosotros también. Quiere transformar relato en visión.
Durante
buena parte de la acción funciona como nuestro doble interno. Por eso su caída
contiene una advertencia menos moral que teatral: el deseo de ver nunca es
completamente neutral.
Después
de la desaparición de Truman, Vera y Benicio recuperan con sorprendente
naturalidad la situación inicial. La estructura circular sugiere que quizás no
sea la primera vez que realizan esa operación. El destino de las monedas y,
especialmente, el último truco de Benicio al exhibir vacía la misma caja donde
instantes antes desapareció Truman hunden definitivamente el relato en el
territorio de lo inexplicable.
Djævel no
necesita adquirir una identidad definitiva. Cada representación vuelve a
reconstruirla en la sensibilidad del público.
Tal vez
allí resida una de las zonas más fértiles de la pieza. Los personajes actúan
dentro de la ficción para obtener algo del otro. Vera y Benicio actúan para
producir valor; Truman, para conseguir acceso a ese otro valor que lo condujo
hasta allí. Todos construyen versiones de sí mismos y contribuyen a producir
versiones del otro.
El
conflicto puede leerse entonces no solamente como una negociación alrededor de
una mercancía, sino como una disputa por el control de la representación.
¿Quién
define qué es Djævel? ¿Quién ocupará el lugar de partenaire del monstruo y se
convertirá finalmente en su presa?
Mientras
la caja permanece cerrada, nadie puede apropiarse completamente del sentido.
Truman cree que puede comprarlo. Vera y Benicio creen que pueden administrarlo.
El espectador cree que finalmente podrá verlo.
Pero la
caja resiste.
Quizás el
verdadero poder de Djævel no consista en mutar físicamente, sino en hacer
mutar a quienes se acercan a ella. El comprador se vuelve creyente. El
presentador se vuelve espectador. Los hijos se vuelven directores. La mercancía
se vuelve trampa.
Y el
monstruo solo aparece por el camino de la alusión.
Nada de
esto alcanzaría la misma eficacia sin el trabajo del equipo que concreta
escénicamente el universo imaginado por Diani.
Déborah
Fideleff y Pablo Finamore, como Vera y Benicio, y Román Lamas, como Truman,
construyen personajes capaces de resultar alternativamente abyectos, grotescos,
indefensos y enigmáticos. Hasta la revelación final, Vera y Benicio pueden ser
leídos incluso como víctimas de una madre-monstruo de la que desean y no
consiguen desprenderse. La circularidad posterior modifica retrospectivamente
esa percepción.
En
Truman, el desplazamiento resulta igualmente decisivo: una vez concretada la
operación comercial, abandona progresivamente la condición del empresario
indoblegable y se entrega a un cautiverio largamente deseado. Su inmolación no
aparece entonces impuesta desde afuera, sino como cumplimiento de un anhelo que
probablemente haya gobernado sus actos desde antes de ingresar a escena.
También
el vestuario diseñado por Mariela Daga aporta información que excede la
verbalidad: los harapos de Vera y Benicio contrastan con la galera y el
megáfono de Truman, emblemas de autoridad y espectacularidad. No resulta casual
que, desaparecido el personaje, la galera permanezca como último vestigio de su
paso.
Pero el
objeto icónico fundamental es, naturalmente, la caja-habitáculo diseñada y
realizada por Ariel Vaccaro. Su presencia adquiere rango de cuasi-personaje:
ante la ausencia física de Djævel, la representa, media entre ella y el afuera
y materializa el terror que inspira. Los recursos de ilusionismo asociados al
dispositivo fortalecen además su carácter siniestro.
La
dirección de Mariano Cossa reúne esos elementos sin permitir que el horror
eclipse las restantes dimensiones de la obra. El ritmo y la intensidad
acompañan eficazmente las transformaciones narrativas y sostienen esa zona
fronteriza en la que humor grotesco, crueldad, extrañeza y misterio conviven
sin neutralizarse.
Djævel termina así convertido en un espectáculo tan
atrapante como perturbador, cuya potencia reside acaso menos en aquello que
muestra que en aquello que consigue obligarnos a imaginar.
Y es
precisamente allí donde ciertas resonancias teatrales resultan inevitables.
Es
posible encontrar en Vera y Benicio vestigios de Vladimir y Estragón, y en
Truman ciertos ecos del Pozzo cruel y despótico de Beckett. Pero la genealogía
puede desplazarse todavía un poco más.
¿Podría
pensarse Djævel como una suerte de Esperando a Godot de estas
pampas, con una criatura que, a diferencia del ausente personaje beckettiano,
acaso sí se encuentre entre nosotros?
¿Y si
Djævel fuera, finalmente, el resultado de un improbable y oscuro apareamiento
entre Godot y La nona?
Una
presencia ausente y al mismo tiempo voraz. Algo que se espera, se alimenta, se
teme, se representa y nunca acaba de revelarse por completo.
Quizás
porque algunos monstruos alcanzan su mayor eficacia cuando el teatro se resiste
a mostrarlos y nos obliga, simplemente, a buscarlos en el hermetismo imposible
de una caja cerrada.
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